¿QUÉ PASA CUANDO MIRAMOS EL ECLIPSE SIN LA PROTECCIÓN ADECUADA?

 

 

Cuando miramos al Sol un día cualquiera en que no va a haber eclipse, su luminosidad es tan intensa que, de forma instintiva, apartamos la mirada porque su brillo nos resulta insoportable. El hecho de dejar de mirar al Sol rápidamente y la rápida contracción de nuestras pupilas actúan como mecanismos de defensa para evitar el daño ocular.

Por el contrario, cuando observamos un eclipse y la porción de la superficie ocultada es muy alta, la reducción de la luz ambiental engaña al cerebro: la escena se oscurece, la pupila se dilata buscando más luz y la persona siente que puede mirar al Sol sin molestias. El problema reside en que la radiación que sigue llegando es tremendamente nociva, especialmente la ultravioleta y la infrarroja, que no son visibles pero que son las que causan mayores daños. Estos tipos de radiación no disminuyen en la misma proporción que la luz visible y, además, la pupila de nuestros ojos se encuentra más abierta en dichos momentos, con lo cual, el interior ocular está mucho más expuesto, justo cuando bajamos la guardia. Es un hecho paradójico y altamente traicionero.

Las consecuencias de esa exposición excesiva generan retinopatía solar, en que la exposición a la radiación ultravioleta genera radicales libres, dañando las células fotorreceptoras (conos y bastones) y la energía ligada a la radiación infrarroja, literalmente, cuece el tejido retiniano a nivel microscópico. Debido a que la retina no tiene receptores del dolor, no se siente nada que te avise: no se nota ardor ni ninguna clase de molestia. Puedes estar dañándote irreversible la retina sin notar absolutamente nada en el momento.

Por ello, los daños causados por la retinopatía solar no siempre se notan inmediatamente. Horas después de observar el eclipse pueden aparecer los siguientes síntomas:

  • Visión borrosa o distorsionada, especialmente en el centro del campo visual.
  • Dificultad para ver colores.
  • Mancha oscura o permanente en el punto de mayor agudeza visual (escotoma central).
  • Percepción distorsionada de las formas, como si las líneas rectas se curvaran (metamorfopsia).
  • Sensibilidad aumentada a la luz (fotofobia).
  • Dolor de cabeza.

Sólo hay un breve instante en que puedes quitarte las gafas de eclipse sin peligro: durante la fase total del eclipse de Sol, el disco lunar tapa totalmente al Sol; en ese momento, podrás observar sin ningún riesgo la corona solar, esa tenue atmósfera exterior -invisible en condiciones normales-, que se ve como un halo plateado. Es uno de los mayores espectáculos de la naturaleza y puedes observarla a ojo desnudo perfectamente; pero una vez transcurrido el momento de la totalidad, has de volver a ponerte las gafas de protección.

Es especialmente importante que vigiles a los niños: ha de ser un adulto quien supervise que llevan las gafas puestas en los momentos en que es preciso llevarlas; sus ojos son especialmente vulnerables, por lo que debes explicarles claramente los riesgos observar el eclipse, pero es a los adultos a quien les corresponde supervisar, para que nunca miren directamente al Sol.

Como, a veces, los efectos de la exposición de los ojos a la luz solar empiezan a notarse varias horas después, muchos afectados no relacionan la causa con el efecto. En casos leves, parte del daño puede recuperarse con el paso tiempo, ya que algunas células fotorreceptoras tienen cierta capacidad de regenerarse. Pero en exposiciones prolongadas o repetidas, las lesiones son permanentes, no existiendo tratamiento médico que repare la fóvea quemada.

Recuerda: la prevención es la única forma de protegerte.

 

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